jueves, 5 de noviembre de 2009

CAPITULO FINAL

Para ser exactos hay que ser inexactos, dirigirme a tus labios desde un reflejo, una luz o un espejo que no dice lo que ve, parecería fácil suponer que las mentiras son harto común de toda construcción poética y que es la vida si no el acto representado a nuestros ojos y el acto es sólo una parte, nuestra cara permanece oculta y sólo ve brazos, piernas y segundos.

Parece que nunca hay razones exactas para sentarse y perder la calma, pero tampoco las hay para mantenerla. Es fácil estar aquí sencillamente mirando el papel, pensar que es un poco inútil, preocuparme por todas esas reglas sintácticas y convenciones de toda literatura común, tu no serías testigo de estás letras, además pensaría que todo lenguaje del alma, se manifiesta más como una lágrima o una gota de sangre, que como un diamante pulido por la brillantes de la técnica.
He llegado a creer que toda mi vida, mis movimientos y mis segundos, son el registro viviente de una carta que he escrito con mi propio cuerpo cansado, una lágrima en un día triste.

Desde tu muerte he sentido tu presencia incansablemente en las cosas que no digo, en las risas que no profiero, en las cucharadas de azúcar que ya no echo.
Combatimos el cáncer, la otosclerosis., somos capaces de construir bases en la luna, armas capaces de eliminarnos con el simple acto de hundir un botón. Y sin embargo nos cuesta creer que cualquier imbécil está pendiente de nuestras falencias y dificultades para hacernos la vida más difícil. Llegamos a creer que somos buenos tipos y que nuestros congéneres también los son. Mientras esperan trémulos que sanes de la última cicatriz, para convertir tus días en llagas.
Mirar fríos ojos al amanecer la niebla cuando el sosegado aire tumultuoso infecto del humo decadente sonría en ojos rojos opacando la luz de nuestra mente, que reirá inquietada por la oscura palabra delincuente que se esconderá en tus labios para atravesarme un día con el puñal de los engaños que son práctica común entre humanos.

Su mano parecía haberse desconectado de su cabeza, incasable revisaba rincones de su cuerpo, inspeccionando rostros de su corazón.

El impacto que produce la risa y el cuerpo que busca como sin buscar, hace las muecas de un no te vayas que no alcanza para retenerte.

Se me hace que Cecilia conoce mis rincones secretos y conoce más la vida incluso de lo que yo la conozco. Se me ocurre pensar que está habitación se quedo vacía. Después de la amargura que le produjo a mi vida saber que Martín y Cecilia se encontraban secretamente en la tintorería de su amiga June y sin tener el menor reparo le daban paso a un romance clandestino que duro varios años antes de derrumbarse ante mis ojos. y que es la vida si no una historia representada ante nuestros ojos.

viernes, 30 de octubre de 2009

EXT. PARQUE FRENTE A LA CASA DE ARTURO. NOCHE
La mano de ARTURO inspecciona el bolsillo izquierdo de su abrigo, mueve la mano de un lado para otro.

INT. HABITACIÓN DE ARTURO. DÍA
Un jarrón con una llave adentro y flores marchitas a su alrededor.

EXT. PARQUE FRENTE A LA CASA DE ARTURO. NOCHE
La puerta de la casa de Arturo se cierra con violencia.
La llave cae contra el jarrón.
Cecilia camina por la calle de enfrente.

INT. HABITACIÓN DE ARTURO. DÍA
Arturo mira por la ventana.

INT. HABITACÓN. NOCHE
El jarrón con las llaves se quiebra contra a pared.

INT. HABITACIÓN. DÍA
Cecilia deja una nota sobre su nochero. En a nota se lee: Nunca pretendí matarte.
Se escucha el sonido de la lluvia que comienza suavemente y poco a poco llueve más fuerte.
Una gotera cae sobre el papel periódico.

jueves, 29 de octubre de 2009



La última vez que pensé en la escritura automática, se me desangro un lapicero.
Recién todo ocurrió, Caminé inquieto recorriendo las calles una y otra vez. Mi barba cubría el rostro, lo que me hacia sentir a veces que estaba mas abandonado por el tiempo.
El nacimiento de Arturo, como quiso llamarme en ese momento mi padre, fue un punto de partida que me fue dando pistas acerca de lo que todos llaman soledad.
La luz del mundo me parecía fatídica y nunca quise negárselo a nadie, ni siquiera a mi madre, que conservaba la inquieta ilusión de que su pequeño Arturo sintiera agrado por el mundo. Inútil para ella cuando me pasaba pequeños juguetitos de madera y yo afirmando mi desagrado con el mundo decía no con la cabeza, lanzando pequeños carritos o soldaditos de madera que chocaban fuertemente contra las paredes, es verdad, nunca atente contra mi cuna, sabía entonces a la tibia edad de un año, que la vida transcurre entre un lecho solitario, cómo en una enorme espera a la muerte.
Hoy miro mis manos y se me antojan cansadas, por eso muchas veces prefiero guardarlas en el bolsillo de la chaqueta. Y ya sin poderme aferrar con las manos a nada, me aferro con la mirada buscándote como un zapato morado que solía tener en mi infancia y que ahora no entiendo para que un pie.
Muchas tardes pasaron entonces antes de que mi padre por insistencia suya, escuchara decir de mi propia voz dos monosílabos que para él eran motivo de alarma en toda la casa, una enorme emoción los reunía a mi alrededor exclusivamente para oírme decir pa-pá, con el tiempo descubriría que muchas palabras o nombres que utilizamos para designar personas u objetos que ya no están con nosotros, van perdiendo un sentido real y se convierten en una evocación que lagrimea.
Para el caso sólo me parece importante tener en cuenta ese primer año de mi temprana infancia, donde a partir de silabas fui construyendo un lenguaje que hoy en día poco me interesa usar. Adivinaran que soy un tipo callado. Podría llegar a pensar y no creas que no lo he pensado. Sí, se ha cruzado por mi cabeza dando tumbos la idea de un primer detonante, un punto fijo desde el cual mi desprecio por el mundo haya empezado a recorrer mi cuerpo, ese sentimiento un poco más melancólico que la desgracia que en ocasiones nos baja la cabeza volviendo la mirada fría hacia el piso.

Podría pensar en una infancia negra acunada en el rencor y ensombrecida día a día. Pero ni siquiera es ese mi caso. Mi padre sonreía al llegar a casa y traía siempre alguna sorpresa que me hacía reír a mí y rabiar a mamá. Podría pensar en una amargada mujer de ojos vidriosos que le hacía la vida imposible a mi padre. Pero ese tampoco era mi caso. Mi madre desplegaba desde la cocina hacia toda la casa los aromas mas puros del amor y según la hora los llamaba almuerzo o comida.

No voy a ser muy detallista en cuanto a la relación que tenían entre ellos, me limitare a decir que conmigo era grandiosa y con eso me basta. No fui de esos hijos malagradecidos, que además de llevarse toda la atención de la casa, pretenden que sus padres se soporten incondicionalmente. Supe entonces a la tibia edad de tres años que el amor es un sentimiento excepcional, pero que soportarse entre hombres y mujeres no era tarea fácil. Lo intuí en ellos pero como les digo. Me guardare los detalles para cuando vaya a hablar de mí.


Salir de los pequeños agujeros que se han convertido en nuestra vida, no resulta fácil, por el contrario es difícil de pensar incluso para los ojos, incluso para los míos que poco funcionan ya, La luz directa del sol, es algo que ya había olvidado un poco, incluso la sensación del aire en mi piel. Me asustaron un día los amaneceres rotos, la imagen de tu cuerpo que rondaba cada esquina y yo ya había perdido la intención de encontrarte una segunda vez, ya había perdido incluso la certeza de haberte encontrado una primera.
Elegí la cualidad de las piedras, de estar detenido, de ver pasar lo inevitable, la condición de estar un poco inerte, algo como un personaje de Albert Camus que acaba de matar un tipo árabe sólo porque hace calor, pero ya no me gusta recordar personajes de la literatura. Me pone un poco enfermo, pensar en ser concebido para sanar el sufrimiento de otro enfermo que se encuentra detrás de la hoja añadiéndole características a la desgracia de alguien. Tal vez por eso no escribí nunca mas una letra, porque me negaba a que te convirtieras en eso, en un papel que yo quisiera reconstruir para olvidarme de que estabas muerta. En mi cabeza eres una cómplice, en un papel no serías mas que una extraña.
La luz parcial que me acostumbre a mirar por las rendijas, se me antoja enorme hoy con esta puerta abierta, voy a esperar a que el sol este en otra parte, para sacar la llave de mi abrigo.


Siempre guardo la llave en el bolsillo izquierdo del saco antes de salir, recuerdo eso aunque ya no salga y también recuerdo bien donde esta la llave desde que la guardé, cerca de un pequeño cofre o cajoncito de madera, al que no me gusta referirme, por eso nunca estoy seguro de como llamarlo. Esa mañana algo me impulsaba a salir, no me atrevo a decir que era la fecha, muchas veces ni me entero de cual es, sin embargo este día de septiembre parezco recordarlo siempre y por alguna razón me entero que es tal o cual fecha. No llegué hasta aquí para hablar de fechas de todas formas, llegué para buscar esa llave, la de salir de casa. Cementos, paredes, bloques, ladrillos. Bueno, digamos que esto es una casa, en realidad si, es una casa, sin contar las inclemencias del techo, sin contar que una casa por lo general aguarda a alguien y yo no soy ningún alguien ya, es posible que en un momento determinado parecía alguien, bueno no es una cuestión lingüística, vos lo sabes, es algo como emocional, si fuera lingüístico, en este momento sería alguien que busca la llave de la casa en un viejo lugar escondido.
Esta mañana la dejé sobre un montón de libros al lado de la puerta que da a la calle, ¿por qué la tomé? la llave parecía empujarme a mirar por la ventana, a tener esa curiosidad por la luz que entra bajo la rendija de la puerta.
Recuerdo y cuando recuerdo esto, lo recuerdo de forma clara, tus manos que suavemente acariciaban mi cara, y los dedos buscaban tímidamente abrir mis ojos, condenados por convicción a estar cerrados, a no mirar un mundo que poco a poco se desvanecía, que con el paso de los días era cada vez más una mancha borrosa. Si pudiera decirte ahora, que lo que me asustaba de la ceguera era ignorar tus manos, no buscarme en el reflejo de tus ojos, no encontrar con exactitud los lunares de tu espalda, no poder contar de lejos los pliegues de tus labios.
La llave en mi mano y vino sin buscarla aunque la haya buscado, de repente comencé a pensar en ti, a ver de forma clara el contorno de tus manos que buscaban abrir mis ojos y mira tú, acá está la llave, entre mi mano y el bolsillo izquierdo.
Alguna vez pensé en meterla dentro de las páginas de un libro, sin reconocer exactamente en cual, tú sabes, para no encontrarla. Nunca fui partidario de ver lo que todos ansían, de caminar cerca de las grandes murallas, o de esperar el otoño en tierras europeas. Se me antojaba un poco imbécil el afán contemporáneo de aceptar que nuestro planeta es extenso y de pretender mirar y mirar lo que más se pudiera en esta vida, y ese mirar acompañado de la expresión “conocer nuevas culturas” mientras ignoramos lo que pasa entre nuestra piel. La piel de las rocas si significaba un gran enigma para mi, pienso que esperan sin quererlo, que están por una necesidad extraña de esperar a que todo pase sobre ellas.
Casi todo lo que he descrito, se refiere a un tiempo inexistente para mí ahora, pues todo lo que un día disfruté hoy se me antoja pastoso y la sensación que me produce es un poco sofocante, como la impresión de perder algo en el mar y saber que no tiene fondo, esa idea de que no va a volver a aparecer por mas que lo recuerde claramente, por mas que abra los ojos.
Hace tiempo ya que no te busco con mis ojos, ni con mis manos, ni siquiera con el recuerdo, pero septiembre, la lluvia y las flores marchitas, te han traído hasta aquí a mirarme entre los recovecos de mis libros cansados, me da un poco de pena sabes, cuando camino entre papeles mojados y periódicos viejos, cuando apoyo mi mano entre pilas de libros para no caerme, cuando tiro mi bastón contra las esquinas de las paredes presa de un odio incontenible por no tener la fuerza suficiente para quitarme la vida o para encontrarla, una incomodidad frecuente de sentirme muerto, de sentir que mi piel parece la de un animal de sangre fría, la de un reptil incontenible de lágrimas secas.
Nunca la dejé entre las páginas de un libro, pues de una u otra forma presentí el momento en que me vería empujado otra vez a la noche, a la calle, a las piedras de la vieja plaza, a buscarte, y mírame con la llave entre el bolsillo izquierdo y mi mano, con la calle entre mi cuerpo y la puerta que no se si cruzar. ¿A donde me lleva todo esto? A una plaza llena de charcos, llena de años que no he sido capaz de ver pasar sin ti.
¿Creerías que la tinta no se ha secado? ¿Creerías que sin escribir una palabra, mi cabeza narra cada uno de los días como una historia que se desliza por una mejilla en un día lluvioso y triste?


Las flores marchitas sobre la mesa de noche, la mesa de noche al lado izquierdo de la cama, la pata de la mesa de noche está rota y es sostenida por un par de libros viejos que ya no acostumbro leer. La cama, bueno, la cama es un decir, la cama es un viejo soporte de madera con un colchón lleno de manchas de goteras. El techo, el techo preferiría no describirlo, pero muchas veces las cosas que prefiero, no son siempre las que hago. ¿Sabes que es lo único que siempre está bien aquí? La olla del café y el colador, a veces está un poco mal la tubería, pero siempre hay agua para café, incluso a veces me las arreglo con las goteras, mi querido y aborrecido techo.

Desde que retire tu mesa de noche, hace veintisiete años, a veces me confundo con la taza, y entre dormido la dejo caer sobre tu mesa de noche, del lado derecho, soy malo para recoger regueros, así que tengo destinada una esquina, para pedazos de tazas rotas, y le encargo quincenalmente al muchacho de los víveres una nueva taza.

Los viejos libros que solíamos leer juntos, están apilados en grandes columnas, algunas que llegan hasta el techo, otras tienen la altura perfecta para poner mi mano y reposar el cansancio, incluso en ocasiones los he usado como porta velas. A veces abro uno en alguna página al azar, mientras hierve el agua, sobre todo cuando llueve, y se escucha el tenue sonido de las gotas que caen sobre el papel periódico dispuesto por todo el piso de la habitación.

Te preguntaras, o por lo menos te preguntarías, por las sabanas, te diré fríamente que sin el calor de tu cuerpo, el de las sabanas me parece inútil, y que eso también lo resuelvo con papeles viejos. Nunca volví a tomar la pluma y el tintero, pero he visto sin proponérmelo, que la tinta aún no se ha secado. No mire por ninguna intención de escribir sólo mire, arriba en el closet viejo donde aún está tu ropa, al lado de montones de papeles amarillentos que no me decido a botar.
El techo, bueno que importa, ya no te tiene a quien cubrir de la lluvia, pues yo soy una sola tormenta y no lo digo porque llore, no creas eso, es sólo una extraña sensación, de que todo se cae. Y no es sólo una extraña sensación en realidad me pasa, mi torpe vista me tropieza con todo y los pasillos nunca están desocupados, no se ni para que tengo una sombrilla, creo que tu solías usarla cuando llovía, llueve mucho aquí, mas que antes y la ventana cuadrada pocas veces está seca, cuando está seca, sonrío siempre mejor, porque hay una rama en particular, que me acuerda de cómo mirabas distraída hacía ninguna parte, yo sin embargo, miro a la rama y prefiero buscarte ahí que en ninguna parte.


Generalmente no leo las noticias y generalmente tampoco salgo al parque en las mañanas, tampoco me gusta coger mi bastón los domingos, ni colocarme la chompa cuando llueve, no soy partidario de la lluvia, tampoco del sol, en las mañanas cuando estoy encerrado en mi cuarto prefiero cerrar las ventanas, mis gafas tienen la formula vencida y lo que alcanzo a ver es relativamente poco o casi nada. Mi interés por el mundo se esfumó hace un rato ya, creo que se ahogó en un vaso que reposaba en un balcón. Mi metro y setenta y seis centímetros ya no los soporta mi cintura y ese maldito bastón viene y me lo recuerda todos los días. Antes era un poco más fácil y mas difícil también, con la bebida y las flores estando marchitas, antes era un poco más fácil y mas difícil también, con mis pulmones atestados de tabaco y las goteras sobre el periódico. Me va bien la práctica del ocio y puedo pasar horas mirando caer las gotas de agua que se filtran en el techo y van a dar al periódico. Sin embargo hoy estoy sentado aquí, en esta banca y mis flores marchitas tuvieron que ser reemplazadas por unas vivas, unas rosas amarillas, dijo ella. Generalmente no me gusta el parque y tampoco me gusta tener que referirme a alguna “ella” y eso que ella nombra como flores amarillas, para mi sólo es una mancha amarilla en el horizonte de mi desgastada vista. Saque el periódico esta mañana y no porque me importara un pito lo que hubiese pasado en Paris, Beijing o Damasco, saque mi bastón esta mañana y no fue porque me importara un pito caer desvencijado contra el suelo por no poder soportar mi cuerpo, me puse las gafas esta mañana y no porque me importara un segundo la trastabillada apariencia de un mundo que me cansé de mirar. Sin embargo aún no encuentro las rosas amarillas, rosas amarillas dijo ella por teléfono ayer en la noche. Rosas amarillas en la mitad de un parque de un pueblo que no veo hace 27 años, Rosas amarillas, una chompa, el periódico y un bastón. Tal vez si en estos años hubiese abierto la ventana, una o dos veces, sabría donde diablos se sienta alguien a gritar: flores amarillas a la venta. Creo que lo he escuchado, pero a veces no es mucho el cuidado que presto a lo que pasa afuera de mi ventana. Bueno, a las goteras sí, las veo entrar y chocarse contra el papel periódico y el muchacho en las mañanas que trae los víveres, bueno a veces veo su mano, cuando no deja las cosas en la puerta y quiere un poco más de dinero. Ha dejado de traerme licor hace siete años, no entiendo como puedo seguir pagándole, o bueno si entiendo un poco, mi estómago lo entiende mejor que yo.
Igual aquí estoy, sin flores amarillas y sin ella, esa alguna “ella” a la que me quise referir ahora, antes de pensar que hoy tampoco iba a llegar y era inútil después de 27 años, volver a esta estúpida banca de parque a que las gotas caigan sobre mi cabeza y el día quince de septiembre se quede sin tinta en mi pelo canoso y vuelva a repetir una extraña sensación de anhelo, de esperarte, aunque no estés viva.