jueves, 29 de octubre de 2009



Generalmente no leo las noticias y generalmente tampoco salgo al parque en las mañanas, tampoco me gusta coger mi bastón los domingos, ni colocarme la chompa cuando llueve, no soy partidario de la lluvia, tampoco del sol, en las mañanas cuando estoy encerrado en mi cuarto prefiero cerrar las ventanas, mis gafas tienen la formula vencida y lo que alcanzo a ver es relativamente poco o casi nada. Mi interés por el mundo se esfumó hace un rato ya, creo que se ahogó en un vaso que reposaba en un balcón. Mi metro y setenta y seis centímetros ya no los soporta mi cintura y ese maldito bastón viene y me lo recuerda todos los días. Antes era un poco más fácil y mas difícil también, con la bebida y las flores estando marchitas, antes era un poco más fácil y mas difícil también, con mis pulmones atestados de tabaco y las goteras sobre el periódico. Me va bien la práctica del ocio y puedo pasar horas mirando caer las gotas de agua que se filtran en el techo y van a dar al periódico. Sin embargo hoy estoy sentado aquí, en esta banca y mis flores marchitas tuvieron que ser reemplazadas por unas vivas, unas rosas amarillas, dijo ella. Generalmente no me gusta el parque y tampoco me gusta tener que referirme a alguna “ella” y eso que ella nombra como flores amarillas, para mi sólo es una mancha amarilla en el horizonte de mi desgastada vista. Saque el periódico esta mañana y no porque me importara un pito lo que hubiese pasado en Paris, Beijing o Damasco, saque mi bastón esta mañana y no fue porque me importara un pito caer desvencijado contra el suelo por no poder soportar mi cuerpo, me puse las gafas esta mañana y no porque me importara un segundo la trastabillada apariencia de un mundo que me cansé de mirar. Sin embargo aún no encuentro las rosas amarillas, rosas amarillas dijo ella por teléfono ayer en la noche. Rosas amarillas en la mitad de un parque de un pueblo que no veo hace 27 años, Rosas amarillas, una chompa, el periódico y un bastón. Tal vez si en estos años hubiese abierto la ventana, una o dos veces, sabría donde diablos se sienta alguien a gritar: flores amarillas a la venta. Creo que lo he escuchado, pero a veces no es mucho el cuidado que presto a lo que pasa afuera de mi ventana. Bueno, a las goteras sí, las veo entrar y chocarse contra el papel periódico y el muchacho en las mañanas que trae los víveres, bueno a veces veo su mano, cuando no deja las cosas en la puerta y quiere un poco más de dinero. Ha dejado de traerme licor hace siete años, no entiendo como puedo seguir pagándole, o bueno si entiendo un poco, mi estómago lo entiende mejor que yo.
Igual aquí estoy, sin flores amarillas y sin ella, esa alguna “ella” a la que me quise referir ahora, antes de pensar que hoy tampoco iba a llegar y era inútil después de 27 años, volver a esta estúpida banca de parque a que las gotas caigan sobre mi cabeza y el día quince de septiembre se quede sin tinta en mi pelo canoso y vuelva a repetir una extraña sensación de anhelo, de esperarte, aunque no estés viva.

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