jueves, 29 de octubre de 2009



Las flores marchitas sobre la mesa de noche, la mesa de noche al lado izquierdo de la cama, la pata de la mesa de noche está rota y es sostenida por un par de libros viejos que ya no acostumbro leer. La cama, bueno, la cama es un decir, la cama es un viejo soporte de madera con un colchón lleno de manchas de goteras. El techo, el techo preferiría no describirlo, pero muchas veces las cosas que prefiero, no son siempre las que hago. ¿Sabes que es lo único que siempre está bien aquí? La olla del café y el colador, a veces está un poco mal la tubería, pero siempre hay agua para café, incluso a veces me las arreglo con las goteras, mi querido y aborrecido techo.

Desde que retire tu mesa de noche, hace veintisiete años, a veces me confundo con la taza, y entre dormido la dejo caer sobre tu mesa de noche, del lado derecho, soy malo para recoger regueros, así que tengo destinada una esquina, para pedazos de tazas rotas, y le encargo quincenalmente al muchacho de los víveres una nueva taza.

Los viejos libros que solíamos leer juntos, están apilados en grandes columnas, algunas que llegan hasta el techo, otras tienen la altura perfecta para poner mi mano y reposar el cansancio, incluso en ocasiones los he usado como porta velas. A veces abro uno en alguna página al azar, mientras hierve el agua, sobre todo cuando llueve, y se escucha el tenue sonido de las gotas que caen sobre el papel periódico dispuesto por todo el piso de la habitación.

Te preguntaras, o por lo menos te preguntarías, por las sabanas, te diré fríamente que sin el calor de tu cuerpo, el de las sabanas me parece inútil, y que eso también lo resuelvo con papeles viejos. Nunca volví a tomar la pluma y el tintero, pero he visto sin proponérmelo, que la tinta aún no se ha secado. No mire por ninguna intención de escribir sólo mire, arriba en el closet viejo donde aún está tu ropa, al lado de montones de papeles amarillentos que no me decido a botar.
El techo, bueno que importa, ya no te tiene a quien cubrir de la lluvia, pues yo soy una sola tormenta y no lo digo porque llore, no creas eso, es sólo una extraña sensación, de que todo se cae. Y no es sólo una extraña sensación en realidad me pasa, mi torpe vista me tropieza con todo y los pasillos nunca están desocupados, no se ni para que tengo una sombrilla, creo que tu solías usarla cuando llovía, llueve mucho aquí, mas que antes y la ventana cuadrada pocas veces está seca, cuando está seca, sonrío siempre mejor, porque hay una rama en particular, que me acuerda de cómo mirabas distraída hacía ninguna parte, yo sin embargo, miro a la rama y prefiero buscarte ahí que en ninguna parte.

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