jueves, 29 de octubre de 2009



Siempre guardo la llave en el bolsillo izquierdo del saco antes de salir, recuerdo eso aunque ya no salga y también recuerdo bien donde esta la llave desde que la guardé, cerca de un pequeño cofre o cajoncito de madera, al que no me gusta referirme, por eso nunca estoy seguro de como llamarlo. Esa mañana algo me impulsaba a salir, no me atrevo a decir que era la fecha, muchas veces ni me entero de cual es, sin embargo este día de septiembre parezco recordarlo siempre y por alguna razón me entero que es tal o cual fecha. No llegué hasta aquí para hablar de fechas de todas formas, llegué para buscar esa llave, la de salir de casa. Cementos, paredes, bloques, ladrillos. Bueno, digamos que esto es una casa, en realidad si, es una casa, sin contar las inclemencias del techo, sin contar que una casa por lo general aguarda a alguien y yo no soy ningún alguien ya, es posible que en un momento determinado parecía alguien, bueno no es una cuestión lingüística, vos lo sabes, es algo como emocional, si fuera lingüístico, en este momento sería alguien que busca la llave de la casa en un viejo lugar escondido.
Esta mañana la dejé sobre un montón de libros al lado de la puerta que da a la calle, ¿por qué la tomé? la llave parecía empujarme a mirar por la ventana, a tener esa curiosidad por la luz que entra bajo la rendija de la puerta.
Recuerdo y cuando recuerdo esto, lo recuerdo de forma clara, tus manos que suavemente acariciaban mi cara, y los dedos buscaban tímidamente abrir mis ojos, condenados por convicción a estar cerrados, a no mirar un mundo que poco a poco se desvanecía, que con el paso de los días era cada vez más una mancha borrosa. Si pudiera decirte ahora, que lo que me asustaba de la ceguera era ignorar tus manos, no buscarme en el reflejo de tus ojos, no encontrar con exactitud los lunares de tu espalda, no poder contar de lejos los pliegues de tus labios.
La llave en mi mano y vino sin buscarla aunque la haya buscado, de repente comencé a pensar en ti, a ver de forma clara el contorno de tus manos que buscaban abrir mis ojos y mira tú, acá está la llave, entre mi mano y el bolsillo izquierdo.
Alguna vez pensé en meterla dentro de las páginas de un libro, sin reconocer exactamente en cual, tú sabes, para no encontrarla. Nunca fui partidario de ver lo que todos ansían, de caminar cerca de las grandes murallas, o de esperar el otoño en tierras europeas. Se me antojaba un poco imbécil el afán contemporáneo de aceptar que nuestro planeta es extenso y de pretender mirar y mirar lo que más se pudiera en esta vida, y ese mirar acompañado de la expresión “conocer nuevas culturas” mientras ignoramos lo que pasa entre nuestra piel. La piel de las rocas si significaba un gran enigma para mi, pienso que esperan sin quererlo, que están por una necesidad extraña de esperar a que todo pase sobre ellas.
Casi todo lo que he descrito, se refiere a un tiempo inexistente para mí ahora, pues todo lo que un día disfruté hoy se me antoja pastoso y la sensación que me produce es un poco sofocante, como la impresión de perder algo en el mar y saber que no tiene fondo, esa idea de que no va a volver a aparecer por mas que lo recuerde claramente, por mas que abra los ojos.
Hace tiempo ya que no te busco con mis ojos, ni con mis manos, ni siquiera con el recuerdo, pero septiembre, la lluvia y las flores marchitas, te han traído hasta aquí a mirarme entre los recovecos de mis libros cansados, me da un poco de pena sabes, cuando camino entre papeles mojados y periódicos viejos, cuando apoyo mi mano entre pilas de libros para no caerme, cuando tiro mi bastón contra las esquinas de las paredes presa de un odio incontenible por no tener la fuerza suficiente para quitarme la vida o para encontrarla, una incomodidad frecuente de sentirme muerto, de sentir que mi piel parece la de un animal de sangre fría, la de un reptil incontenible de lágrimas secas.
Nunca la dejé entre las páginas de un libro, pues de una u otra forma presentí el momento en que me vería empujado otra vez a la noche, a la calle, a las piedras de la vieja plaza, a buscarte, y mírame con la llave entre el bolsillo izquierdo y mi mano, con la calle entre mi cuerpo y la puerta que no se si cruzar. ¿A donde me lleva todo esto? A una plaza llena de charcos, llena de años que no he sido capaz de ver pasar sin ti.
¿Creerías que la tinta no se ha secado? ¿Creerías que sin escribir una palabra, mi cabeza narra cada uno de los días como una historia que se desliza por una mejilla en un día lluvioso y triste?

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