jueves, 29 de octubre de 2009



La última vez que pensé en la escritura automática, se me desangro un lapicero.
Recién todo ocurrió, Caminé inquieto recorriendo las calles una y otra vez. Mi barba cubría el rostro, lo que me hacia sentir a veces que estaba mas abandonado por el tiempo.
El nacimiento de Arturo, como quiso llamarme en ese momento mi padre, fue un punto de partida que me fue dando pistas acerca de lo que todos llaman soledad.
La luz del mundo me parecía fatídica y nunca quise negárselo a nadie, ni siquiera a mi madre, que conservaba la inquieta ilusión de que su pequeño Arturo sintiera agrado por el mundo. Inútil para ella cuando me pasaba pequeños juguetitos de madera y yo afirmando mi desagrado con el mundo decía no con la cabeza, lanzando pequeños carritos o soldaditos de madera que chocaban fuertemente contra las paredes, es verdad, nunca atente contra mi cuna, sabía entonces a la tibia edad de un año, que la vida transcurre entre un lecho solitario, cómo en una enorme espera a la muerte.
Hoy miro mis manos y se me antojan cansadas, por eso muchas veces prefiero guardarlas en el bolsillo de la chaqueta. Y ya sin poderme aferrar con las manos a nada, me aferro con la mirada buscándote como un zapato morado que solía tener en mi infancia y que ahora no entiendo para que un pie.
Muchas tardes pasaron entonces antes de que mi padre por insistencia suya, escuchara decir de mi propia voz dos monosílabos que para él eran motivo de alarma en toda la casa, una enorme emoción los reunía a mi alrededor exclusivamente para oírme decir pa-pá, con el tiempo descubriría que muchas palabras o nombres que utilizamos para designar personas u objetos que ya no están con nosotros, van perdiendo un sentido real y se convierten en una evocación que lagrimea.
Para el caso sólo me parece importante tener en cuenta ese primer año de mi temprana infancia, donde a partir de silabas fui construyendo un lenguaje que hoy en día poco me interesa usar. Adivinaran que soy un tipo callado. Podría llegar a pensar y no creas que no lo he pensado. Sí, se ha cruzado por mi cabeza dando tumbos la idea de un primer detonante, un punto fijo desde el cual mi desprecio por el mundo haya empezado a recorrer mi cuerpo, ese sentimiento un poco más melancólico que la desgracia que en ocasiones nos baja la cabeza volviendo la mirada fría hacia el piso.

Podría pensar en una infancia negra acunada en el rencor y ensombrecida día a día. Pero ni siquiera es ese mi caso. Mi padre sonreía al llegar a casa y traía siempre alguna sorpresa que me hacía reír a mí y rabiar a mamá. Podría pensar en una amargada mujer de ojos vidriosos que le hacía la vida imposible a mi padre. Pero ese tampoco era mi caso. Mi madre desplegaba desde la cocina hacia toda la casa los aromas mas puros del amor y según la hora los llamaba almuerzo o comida.

No voy a ser muy detallista en cuanto a la relación que tenían entre ellos, me limitare a decir que conmigo era grandiosa y con eso me basta. No fui de esos hijos malagradecidos, que además de llevarse toda la atención de la casa, pretenden que sus padres se soporten incondicionalmente. Supe entonces a la tibia edad de tres años que el amor es un sentimiento excepcional, pero que soportarse entre hombres y mujeres no era tarea fácil. Lo intuí en ellos pero como les digo. Me guardare los detalles para cuando vaya a hablar de mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario