Para ser exactos hay que ser inexactos, dirigirme a tus labios desde un reflejo, una luz o un espejo que no dice lo que ve, parecería fácil suponer que las mentiras son harto común de toda construcción poética y que es la vida si no el acto representado a nuestros ojos y el acto es sólo una parte, nuestra cara permanece oculta y sólo ve brazos, piernas y segundos.
Parece que nunca hay razones exactas para sentarse y perder la calma, pero tampoco las hay para mantenerla. Es fácil estar aquí sencillamente mirando el papel, pensar que es un poco inútil, preocuparme por todas esas reglas sintácticas y convenciones de toda literatura común, tu no serías testigo de estás letras, además pensaría que todo lenguaje del alma, se manifiesta más como una lágrima o una gota de sangre, que como un diamante pulido por la brillantes de la técnica.
He llegado a creer que toda mi vida, mis movimientos y mis segundos, son el registro viviente de una carta que he escrito con mi propio cuerpo cansado, una lágrima en un día triste.
Desde tu muerte he sentido tu presencia incansablemente en las cosas que no digo, en las risas que no profiero, en las cucharadas de azúcar que ya no echo.
Combatimos el cáncer, la otosclerosis., somos capaces de construir bases en la luna, armas capaces de eliminarnos con el simple acto de hundir un botón. Y sin embargo nos cuesta creer que cualquier imbécil está pendiente de nuestras falencias y dificultades para hacernos la vida más difícil. Llegamos a creer que somos buenos tipos y que nuestros congéneres también los son. Mientras esperan trémulos que sanes de la última cicatriz, para convertir tus días en llagas.
Mirar fríos ojos al amanecer la niebla cuando el sosegado aire tumultuoso infecto del humo decadente sonría en ojos rojos opacando la luz de nuestra mente, que reirá inquietada por la oscura palabra delincuente que se esconderá en tus labios para atravesarme un día con el puñal de los engaños que son práctica común entre humanos.
Su mano parecía haberse desconectado de su cabeza, incasable revisaba rincones de su cuerpo, inspeccionando rostros de su corazón.
El impacto que produce la risa y el cuerpo que busca como sin buscar, hace las muecas de un no te vayas que no alcanza para retenerte.
Se me hace que Cecilia conoce mis rincones secretos y conoce más la vida incluso de lo que yo la conozco. Se me ocurre pensar que está habitación se quedo vacía. Después de la amargura que le produjo a mi vida saber que Martín y Cecilia se encontraban secretamente en la tintorería de su amiga June y sin tener el menor reparo le daban paso a un romance clandestino que duro varios años antes de derrumbarse ante mis ojos. y que es la vida si no una historia representada ante nuestros ojos.
jueves, 5 de noviembre de 2009
viernes, 30 de octubre de 2009
EXT. PARQUE FRENTE A LA CASA DE ARTURO. NOCHE
La mano de ARTURO inspecciona el bolsillo izquierdo de su abrigo, mueve la mano de un lado para otro.
INT. HABITACIÓN DE ARTURO. DÍA
Un jarrón con una llave adentro y flores marchitas a su alrededor.
EXT. PARQUE FRENTE A LA CASA DE ARTURO. NOCHE
La puerta de la casa de Arturo se cierra con violencia.
La llave cae contra el jarrón.
Cecilia camina por la calle de enfrente.
INT. HABITACIÓN DE ARTURO. DÍA
Arturo mira por la ventana.
INT. HABITACÓN. NOCHE
El jarrón con las llaves se quiebra contra a pared.
INT. HABITACIÓN. DÍA
Cecilia deja una nota sobre su nochero. En a nota se lee: Nunca pretendí matarte.
Se escucha el sonido de la lluvia que comienza suavemente y poco a poco llueve más fuerte.
Una gotera cae sobre el papel periódico.
La mano de ARTURO inspecciona el bolsillo izquierdo de su abrigo, mueve la mano de un lado para otro.
INT. HABITACIÓN DE ARTURO. DÍA
Un jarrón con una llave adentro y flores marchitas a su alrededor.
EXT. PARQUE FRENTE A LA CASA DE ARTURO. NOCHE
La puerta de la casa de Arturo se cierra con violencia.
La llave cae contra el jarrón.
Cecilia camina por la calle de enfrente.
INT. HABITACIÓN DE ARTURO. DÍA
Arturo mira por la ventana.
INT. HABITACÓN. NOCHE
El jarrón con las llaves se quiebra contra a pared.
INT. HABITACIÓN. DÍA
Cecilia deja una nota sobre su nochero. En a nota se lee: Nunca pretendí matarte.
Se escucha el sonido de la lluvia que comienza suavemente y poco a poco llueve más fuerte.
Una gotera cae sobre el papel periódico.
jueves, 29 de octubre de 2009
La última vez que pensé en la escritura automática, se me desangro un lapicero.
Recién todo ocurrió, Caminé inquieto recorriendo las calles una y otra vez. Mi barba cubría el rostro, lo que me hacia sentir a veces que estaba mas abandonado por el tiempo.
El nacimiento de Arturo, como quiso llamarme en ese momento mi padre, fue un punto de partida que me fue dando pistas acerca de lo que todos llaman soledad.
La luz del mundo me parecía fatídica y nunca quise negárselo a nadie, ni siquiera a mi madre, que conservaba la inquieta ilusión de que su pequeño Arturo sintiera agrado por el mundo. Inútil para ella cuando me pasaba pequeños juguetitos de madera y yo afirmando mi desagrado con el mundo decía no con la cabeza, lanzando pequeños carritos o soldaditos de madera que chocaban fuertemente contra las paredes, es verdad, nunca atente contra mi cuna, sabía entonces a la tibia edad de un año, que la vida transcurre entre un lecho solitario, cómo en una enorme espera a la muerte.
Hoy miro mis manos y se me antojan cansadas, por eso muchas veces prefiero guardarlas en el bolsillo de la chaqueta. Y ya sin poderme aferrar con las manos a nada, me aferro con la mirada buscándote como un zapato morado que solía tener en mi infancia y que ahora no entiendo para que un pie.
Muchas tardes pasaron entonces antes de que mi padre por insistencia suya, escuchara decir de mi propia voz dos monosílabos que para él eran motivo de alarma en toda la casa, una enorme emoción los reunía a mi alrededor exclusivamente para oírme decir pa-pá, con el tiempo descubriría que muchas palabras o nombres que utilizamos para designar personas u objetos que ya no están con nosotros, van perdiendo un sentido real y se convierten en una evocación que lagrimea.
Para el caso sólo me parece importante tener en cuenta ese primer año de mi temprana infancia, donde a partir de silabas fui construyendo un lenguaje que hoy en día poco me interesa usar. Adivinaran que soy un tipo callado. Podría llegar a pensar y no creas que no lo he pensado. Sí, se ha cruzado por mi cabeza dando tumbos la idea de un primer detonante, un punto fijo desde el cual mi desprecio por el mundo haya empezado a recorrer mi cuerpo, ese sentimiento un poco más melancólico que la desgracia que en ocasiones nos baja la cabeza volviendo la mirada fría hacia el piso.
Podría pensar en una infancia negra acunada en el rencor y ensombrecida día a día. Pero ni siquiera es ese mi caso. Mi padre sonreía al llegar a casa y traía siempre alguna sorpresa que me hacía reír a mí y rabiar a mamá. Podría pensar en una amargada mujer de ojos vidriosos que le hacía la vida imposible a mi padre. Pero ese tampoco era mi caso. Mi madre desplegaba desde la cocina hacia toda la casa los aromas mas puros del amor y según la hora los llamaba almuerzo o comida.
No voy a ser muy detallista en cuanto a la relación que tenían entre ellos, me limitare a decir que conmigo era grandiosa y con eso me basta. No fui de esos hijos malagradecidos, que además de llevarse toda la atención de la casa, pretenden que sus padres se soporten incondicionalmente. Supe entonces a la tibia edad de tres años que el amor es un sentimiento excepcional, pero que soportarse entre hombres y mujeres no era tarea fácil. Lo intuí en ellos pero como les digo. Me guardare los detalles para cuando vaya a hablar de mí.
Salir de los pequeños agujeros que se han convertido en nuestra vida, no resulta fácil, por el contrario es difícil de pensar incluso para los ojos, incluso para los míos que poco funcionan ya, La luz directa del sol, es algo que ya había olvidado un poco, incluso la sensación del aire en mi piel. Me asustaron un día los amaneceres rotos, la imagen de tu cuerpo que rondaba cada esquina y yo ya había perdido la intención de encontrarte una segunda vez, ya había perdido incluso la certeza de haberte encontrado una primera.
Elegí la cualidad de las piedras, de estar detenido, de ver pasar lo inevitable, la condición de estar un poco inerte, algo como un personaje de Albert Camus que acaba de matar un tipo árabe sólo porque hace calor, pero ya no me gusta recordar personajes de la literatura. Me pone un poco enfermo, pensar en ser concebido para sanar el sufrimiento de otro enfermo que se encuentra detrás de la hoja añadiéndole características a la desgracia de alguien. Tal vez por eso no escribí nunca mas una letra, porque me negaba a que te convirtieras en eso, en un papel que yo quisiera reconstruir para olvidarme de que estabas muerta. En mi cabeza eres una cómplice, en un papel no serías mas que una extraña.
La luz parcial que me acostumbre a mirar por las rendijas, se me antoja enorme hoy con esta puerta abierta, voy a esperar a que el sol este en otra parte, para sacar la llave de mi abrigo.
Siempre guardo la llave en el bolsillo izquierdo del saco antes de salir, recuerdo eso aunque ya no salga y también recuerdo bien donde esta la llave desde que la guardé, cerca de un pequeño cofre o cajoncito de madera, al que no me gusta referirme, por eso nunca estoy seguro de como llamarlo. Esa mañana algo me impulsaba a salir, no me atrevo a decir que era la fecha, muchas veces ni me entero de cual es, sin embargo este día de septiembre parezco recordarlo siempre y por alguna razón me entero que es tal o cual fecha. No llegué hasta aquí para hablar de fechas de todas formas, llegué para buscar esa llave, la de salir de casa. Cementos, paredes, bloques, ladrillos. Bueno, digamos que esto es una casa, en realidad si, es una casa, sin contar las inclemencias del techo, sin contar que una casa por lo general aguarda a alguien y yo no soy ningún alguien ya, es posible que en un momento determinado parecía alguien, bueno no es una cuestión lingüística, vos lo sabes, es algo como emocional, si fuera lingüístico, en este momento sería alguien que busca la llave de la casa en un viejo lugar escondido.
Esta mañana la dejé sobre un montón de libros al lado de la puerta que da a la calle, ¿por qué la tomé? la llave parecía empujarme a mirar por la ventana, a tener esa curiosidad por la luz que entra bajo la rendija de la puerta.
Recuerdo y cuando recuerdo esto, lo recuerdo de forma clara, tus manos que suavemente acariciaban mi cara, y los dedos buscaban tímidamente abrir mis ojos, condenados por convicción a estar cerrados, a no mirar un mundo que poco a poco se desvanecía, que con el paso de los días era cada vez más una mancha borrosa. Si pudiera decirte ahora, que lo que me asustaba de la ceguera era ignorar tus manos, no buscarme en el reflejo de tus ojos, no encontrar con exactitud los lunares de tu espalda, no poder contar de lejos los pliegues de tus labios.
La llave en mi mano y vino sin buscarla aunque la haya buscado, de repente comencé a pensar en ti, a ver de forma clara el contorno de tus manos que buscaban abrir mis ojos y mira tú, acá está la llave, entre mi mano y el bolsillo izquierdo.
Alguna vez pensé en meterla dentro de las páginas de un libro, sin reconocer exactamente en cual, tú sabes, para no encontrarla. Nunca fui partidario de ver lo que todos ansían, de caminar cerca de las grandes murallas, o de esperar el otoño en tierras europeas. Se me antojaba un poco imbécil el afán contemporáneo de aceptar que nuestro planeta es extenso y de pretender mirar y mirar lo que más se pudiera en esta vida, y ese mirar acompañado de la expresión “conocer nuevas culturas” mientras ignoramos lo que pasa entre nuestra piel. La piel de las rocas si significaba un gran enigma para mi, pienso que esperan sin quererlo, que están por una necesidad extraña de esperar a que todo pase sobre ellas.
Casi todo lo que he descrito, se refiere a un tiempo inexistente para mí ahora, pues todo lo que un día disfruté hoy se me antoja pastoso y la sensación que me produce es un poco sofocante, como la impresión de perder algo en el mar y saber que no tiene fondo, esa idea de que no va a volver a aparecer por mas que lo recuerde claramente, por mas que abra los ojos.
Hace tiempo ya que no te busco con mis ojos, ni con mis manos, ni siquiera con el recuerdo, pero septiembre, la lluvia y las flores marchitas, te han traído hasta aquí a mirarme entre los recovecos de mis libros cansados, me da un poco de pena sabes, cuando camino entre papeles mojados y periódicos viejos, cuando apoyo mi mano entre pilas de libros para no caerme, cuando tiro mi bastón contra las esquinas de las paredes presa de un odio incontenible por no tener la fuerza suficiente para quitarme la vida o para encontrarla, una incomodidad frecuente de sentirme muerto, de sentir que mi piel parece la de un animal de sangre fría, la de un reptil incontenible de lágrimas secas.
Nunca la dejé entre las páginas de un libro, pues de una u otra forma presentí el momento en que me vería empujado otra vez a la noche, a la calle, a las piedras de la vieja plaza, a buscarte, y mírame con la llave entre el bolsillo izquierdo y mi mano, con la calle entre mi cuerpo y la puerta que no se si cruzar. ¿A donde me lleva todo esto? A una plaza llena de charcos, llena de años que no he sido capaz de ver pasar sin ti.
¿Creerías que la tinta no se ha secado? ¿Creerías que sin escribir una palabra, mi cabeza narra cada uno de los días como una historia que se desliza por una mejilla en un día lluvioso y triste?
Las flores marchitas sobre la mesa de noche, la mesa de noche al lado izquierdo de la cama, la pata de la mesa de noche está rota y es sostenida por un par de libros viejos que ya no acostumbro leer. La cama, bueno, la cama es un decir, la cama es un viejo soporte de madera con un colchón lleno de manchas de goteras. El techo, el techo preferiría no describirlo, pero muchas veces las cosas que prefiero, no son siempre las que hago. ¿Sabes que es lo único que siempre está bien aquí? La olla del café y el colador, a veces está un poco mal la tubería, pero siempre hay agua para café, incluso a veces me las arreglo con las goteras, mi querido y aborrecido techo.
Desde que retire tu mesa de noche, hace veintisiete años, a veces me confundo con la taza, y entre dormido la dejo caer sobre tu mesa de noche, del lado derecho, soy malo para recoger regueros, así que tengo destinada una esquina, para pedazos de tazas rotas, y le encargo quincenalmente al muchacho de los víveres una nueva taza.
Los viejos libros que solíamos leer juntos, están apilados en grandes columnas, algunas que llegan hasta el techo, otras tienen la altura perfecta para poner mi mano y reposar el cansancio, incluso en ocasiones los he usado como porta velas. A veces abro uno en alguna página al azar, mientras hierve el agua, sobre todo cuando llueve, y se escucha el tenue sonido de las gotas que caen sobre el papel periódico dispuesto por todo el piso de la habitación.
Te preguntaras, o por lo menos te preguntarías, por las sabanas, te diré fríamente que sin el calor de tu cuerpo, el de las sabanas me parece inútil, y que eso también lo resuelvo con papeles viejos. Nunca volví a tomar la pluma y el tintero, pero he visto sin proponérmelo, que la tinta aún no se ha secado. No mire por ninguna intención de escribir sólo mire, arriba en el closet viejo donde aún está tu ropa, al lado de montones de papeles amarillentos que no me decido a botar.
El techo, bueno que importa, ya no te tiene a quien cubrir de la lluvia, pues yo soy una sola tormenta y no lo digo porque llore, no creas eso, es sólo una extraña sensación, de que todo se cae. Y no es sólo una extraña sensación en realidad me pasa, mi torpe vista me tropieza con todo y los pasillos nunca están desocupados, no se ni para que tengo una sombrilla, creo que tu solías usarla cuando llovía, llueve mucho aquí, mas que antes y la ventana cuadrada pocas veces está seca, cuando está seca, sonrío siempre mejor, porque hay una rama en particular, que me acuerda de cómo mirabas distraída hacía ninguna parte, yo sin embargo, miro a la rama y prefiero buscarte ahí que en ninguna parte.

Generalmente no leo las noticias y generalmente tampoco salgo al parque en las mañanas, tampoco me gusta coger mi bastón los domingos, ni colocarme la chompa cuando llueve, no soy partidario de la lluvia, tampoco del sol, en las mañanas cuando estoy encerrado en mi cuarto prefiero cerrar las ventanas, mis gafas tienen la formula vencida y lo que alcanzo a ver es relativamente poco o casi nada. Mi interés por el mundo se esfumó hace un rato ya, creo que se ahogó en un vaso que reposaba en un balcón. Mi metro y setenta y seis centímetros ya no los soporta mi cintura y ese maldito bastón viene y me lo recuerda todos los días. Antes era un poco más fácil y mas difícil también, con la bebida y las flores estando marchitas, antes era un poco más fácil y mas difícil también, con mis pulmones atestados de tabaco y las goteras sobre el periódico. Me va bien la práctica del ocio y puedo pasar horas mirando caer las gotas de agua que se filtran en el techo y van a dar al periódico. Sin embargo hoy estoy sentado aquí, en esta banca y mis flores marchitas tuvieron que ser reemplazadas por unas vivas, unas rosas amarillas, dijo ella. Generalmente no me gusta el parque y tampoco me gusta tener que referirme a alguna “ella” y eso que ella nombra como flores amarillas, para mi sólo es una mancha amarilla en el horizonte de mi desgastada vista. Saque el periódico esta mañana y no porque me importara un pito lo que hubiese pasado en Paris, Beijing o Damasco, saque mi bastón esta mañana y no fue porque me importara un pito caer desvencijado contra el suelo por no poder soportar mi cuerpo, me puse las gafas esta mañana y no porque me importara un segundo la trastabillada apariencia de un mundo que me cansé de mirar. Sin embargo aún no encuentro las rosas amarillas, rosas amarillas dijo ella por teléfono ayer en la noche. Rosas amarillas en la mitad de un parque de un pueblo que no veo hace 27 años, Rosas amarillas, una chompa, el periódico y un bastón. Tal vez si en estos años hubiese abierto la ventana, una o dos veces, sabría donde diablos se sienta alguien a gritar: flores amarillas a la venta. Creo que lo he escuchado, pero a veces no es mucho el cuidado que presto a lo que pasa afuera de mi ventana. Bueno, a las goteras sí, las veo entrar y chocarse contra el papel periódico y el muchacho en las mañanas que trae los víveres, bueno a veces veo su mano, cuando no deja las cosas en la puerta y quiere un poco más de dinero. Ha dejado de traerme licor hace siete años, no entiendo como puedo seguir pagándole, o bueno si entiendo un poco, mi estómago lo entiende mejor que yo.
Igual aquí estoy, sin flores amarillas y sin ella, esa alguna “ella” a la que me quise referir ahora, antes de pensar que hoy tampoco iba a llegar y era inútil después de 27 años, volver a esta estúpida banca de parque a que las gotas caigan sobre mi cabeza y el día quince de septiembre se quede sin tinta en mi pelo canoso y vuelva a repetir una extraña sensación de anhelo, de esperarte, aunque no estés viva.
Las noches llenas de concreto caminan por mis pies, siguiendo mi rastro dormido, que avanza calle tras calle, buscando algo que jamás he perdido. Las escaleras siempre tienen una línea ascendente o descendente que prefiero no cruzar y las ventanas me producen cierta curiosidad sedentaria de una habitación sin goteras. He llamado incansablemente pidiendo el auxilio de la muerte, pero no busco perecer en el intento de encontrar un recuerdo. En mi calle se cruzan muchos desalientos y también muchos desalentados. Muchos periódicos viejos con la tinta deforme, como hijos deformados del tiempo que sonríen al atravesar mi camino y yo humildemente los uso otra vez, aunque su funcionalidad parezca perdida, las goteras no piensan lo mismo.
Ahora que he salido no pretendo entrar, ahora que septiembre está derretido en mi cabeza la cubriré para siempre, el poco siempre que me queda, que siempre espero que no sea tanto. Y mi grito parece no escuchado, nunca me escuchas lo que hace que me miras desde esa tumba gris. ¿Me creerías si te digo que no podría reconocer al niño de los víveres? después de siete años sin una bebida, el vino le ha caído torpe a mi bastón y sigue siendo una posibilidad que ahora caiga bajo está gran tumba que yo llamo mi ciudad.
El silencio que se rompe a la madrugada siempre es un poco mas filoso que el silencio que no se rompe, la voz amplificada retumba siempre más y tu respuesta también es siempre mas tímida y profundamente más vacía, me hiela los huesos y también hiela los rincones y pasillos de la calle.
En la madrugada me cruzado con un hombre que cubre las calles con papeles escritos de su propia mano, de su propio ron, manchados con su propia sangre y callados por su propia voz, me dijo que no te llamara, que el tampoco podía escucharte, que a veces ni siquiera podía escucharse él, pero que yo había aturdido sus madrugadas de los miércoles.
Flores amarillas y septiembre, flores amarillas y miércoles, no he debido salir a buscarte, la luz de los faroles es una mancha demasiado borrosa para encontrar un recuerdo detrás de una lapida tan grande, que yo insito en llamar, mi ciudad.
Mariposas muertas en las escaleras y las señales de nubes difusas, cataclismos muertos en las almohadas y noches de plumas sin palabras. Que triste huelen los sentimientos gastados en la caneca, la indiferencia y tus manos pálidas como un hueco y el fondo impreciso en ningún lugar del tiempo. Creería que no estoy dispuesto siempre a caer, casi me convenzo que tus manos ya no son ese incandescente abismo si no simplemente un hueco. Que negro sentimiento las ansías de nada, de saber que te quiero y un espacio en blanco te reemplaza.
No siempre es fácil creer que ya no importa, no siempre vale la pena saber que ya no existes, las dulces ilusiones se visten de días tristes mientras la tinta desvelada aún cree que te desviste.
Mira como se angustia el tiempo de rimar en verso de acudir sin motivo a la exhumación de nuestros restos. Como detesto descubrir que ya he muerto y en mi pálido reflejo sólo queda un eco. Un eco de lo que tu sonrisa no se alcanzo a llevar lejos.
Alguien me pregunto si podía sentarse, en esta misma banca del parque, le conteste que la banca era lo suficientemente grande. Fue por amabilidad aunque en este momento le agradezco que me saque de esos versos absurdos que acompañan mi cabeza. La situación me recordó exactamente un cuento de Borges que por ser fiel a la realidad, no me molesta tanto como otro tipo de literatura inventada solamente para las desgracias consecutivas de personajes nada reales pero tan posibles.
-¿Sabe lo que le digo a las personas que me dicen que no saben quienes son?-
-No, ¿que?-
-Que ser es algo no del todo claro y que se carga como un peso inservible, yo por ejemplo prefiero no ser nadie-
Me dijo que era un hombre muy sabio, imagino que su respuesta se debía a la condición de que el no sabía nada, ni donde estaba, ni porque estaba, ni quien era y cada vez que abría los ojos se encontraba en la cama de una habitación vacía. Las habitaciones vacías o llenas me parecen cárceles o cofres llenos de recuerdos, inevitablemente le digo lo que me parece. Y me contesta: -Quisiera tener tanta razón como usted y saber quien soy yo y como llegue hasta aquí-
No creo que yo sea un ser razonable además no tengo razones digamos que soy un ser sin razón de ser. Pero su actitud me parece un tanto inestable, le digo que: - A veces los hombres aunque parezcan saber lo que les pasa no es más que una postura para hacer creer que aún algo vale la pena –
Y me dice:
- Pero no soy más que un hombre que antes de perder la razón caminaba por las calles de la gran séptima avenida, viendo a las mismas personas, del mismo color, al lado del camino como Fito, y que un día llegó a estar encerrado en cuatro paredes totalmente blancas, alucinándome en diferentes situaciones siempre con la misma mujer.
No la conozco, pero siempre está en mis momentos de crisis, en mis sueños pero no en mi vida real-
Tiene recuerdos y por pesimista que pueda ser yo a veces los recuerdos son razones, aunque vivamos de cara contra el olvido. Tiene su avenida séptima y su camino y como yo recuerda a una mujer sin nombre. Creo que las razones que nos mantienen vivos a los hombres siempre son pocas y de labios muy finos.
Me cuesta trabajo creer que uno pueda perder la razón por una mujer que no conoce, claro que realmente no conozco a Cecilia ahora y no conocía a la mujer que solía decirle Cecilia días antes de su muerte.
Se me antojaba afortunada la situación de este tipo, no recordar lo que lo agobia y tener como dulce recuerdo eterno su calle larga recorrida incansablemente desde un lado del camino. La memoria es una condena difícil de soportar.
Le dije:
- A diferencia de usted yo si conozco a la mujer que busco, pero tengo casi la certeza de no poder encontrarla, ¿usted como sabe que sólo esta en sus sueños, si ni siquiera reconoce ciertos rasgos de su vida real?-
Su respuesta fue certera y no puedo negar que el desaliento confuso que expresaba su cara llego a preocuparme.
- De mi vida sólo sé que estoy solo
Y que un día cualquiera alguien me llevo a esa cárcel, y esa mujer me ha acompañado siempre
Si tan solo pudiera recordar quién es-
Trate de proponerle que a lo mejor no debería recordar quién era ella, si no conocerla, era probable que ella fuera como respuesta a su laberinto sin memoria, como una especie de llave que lo dejara salir y que para salir tenía que estar adentro de esa habitación vacía, si no, todo era como una pausa entre su realidad y el momento de abrir los ojos.
Eran claras las razones por las que no quería volver a despertar ahí.
-Pero si regreso... ¿que tal que no vuelva a lograr salir? ¿y si me encierran de nuevo? ¿y si no logro conocerla? o si la conozco como voy a interactuar con ella si solo quieren mantenerme dormido?-
Era la segunda vez que se me antojaba un tipo afortunado pues yo quisiera dormir mejor, no soy una persona que le quede tan fácil cerrar los ojos y dormir, por el contrario las noches se me atraviesan enteras hasta que llega el día y miro y no sé, hubiese preferido dormir, en mi caso es mas fácil acariciarla en sueños que despierto
Aunque era probable que no fuera a recordar lo que me preguntaba, era un tipo curioso.
- ¿Y quién es esa mujer que tanto ansía ver?
¿Acaso es su esposa?-
Le contesté fatalmente algo que ni yo me animaba a creer: - Ella es un eco, ya ni siquiera se si existió-
El tipo no contento con ser medianamente afortunado, quería buscar un sueño y además quería que yo le ayudara a encontrar esa mujer, de la que no estaba seguro de su paradero, es impresionante como los hombres nos arruinamos la vida encontrando cosas que nunca hemos buscado, o buscando algo que no queremos encontrar, fui claro con el
Y así se lo dije:
- Usted busca un sueño y yo un eco, no le parece una empresa demasiado difícil...
Podríamos terminar encontrando algo que nunca quisimos buscar-
El hombre por lo menos estaba consciente de su locura, lo que se me figuraba extraño era que iba a hacer cuando la encontrara, si era probable que no supiera para que la buscaba o como había llegado hasta ella. Me dijo algo que me pareció tan cierto, en la situación en la que él se encontraba: -¿Qué podría recuperar? Ni siquiera sé cómo me llamo-
Se me ocurrió la idea de que si estábamos en un sueño de él, esa mujer podía estar en cualquier parte de la calle, y cuando revisé con mi mirada las esquinas, pude o creí ver a Cecilia perdiéndose en la calle. Después de este momento, lo que sigue es algo indescriptible, todas mis sensaciones internas y todas las cosas de las que alguna vez estuve convencido, eran ya borrosas, por no decir que tormentosas, pues me produce gracia la expresión, tormentoso, ja ja, nada me podía asegurar que no estuviera desvariando. Le dije que lo más probable era que él estuviera en una de mis alucinaciones, que aunque no acostumbraba tenerlas, fue lo que se me antojo más fácil de creer, me pare de ese asiento y el resto ni yo estoy seguro de lo sigue…

Las conversaciones son aburridas, fue lo que siempre pensó Arturo, sin embargo, su mujer pensaba que era un gran conversador, su mujer, que digo yo, Cecilia, digamos que yo fui alguien que converso con él, en alguna ocasión, dicen que ahora no conversa, y mi punto en esta historia es mínimo, es tratar de reconstruir de memoria, una conversación que tuve con el, días antes de la muerte de Cecilia, quien soy yo en sus vidas puede resultar irrelevante, es como algo que me dijo un día ella – Mira, Martin, Arturo simplemente adora sufrir, esa es su felicidad y vos solamente estas aquí para eso, para que su sufrimiento tenga donde enclaustrarse- siempre me causo curiosidad esa afirmación de Cecilia, pues ella era una mujer muy feliz y él parecía también ser un tipo con esas características de la gente que sufre poco. Las noches que pase con Arturo ahogados en botellas vacías fueron muchas, pero yo prefiero pensar que fue solo una gran conversación, una conversación larga, antes de su silencio eterno en vida. No olvido la noche que sentados frente a una chimenea en una casa de campo de la familia de Cecilia el me dijo – A veces creo que Cecilia me escucha, solamente porque no quiere escucharse a si misma- yo arroje un poco de Brandy al fuego y el fuego se avivo, se avivo de tal forma que parecía las palabras de Cecilia en cada una de sus conversaciones, Cecilia tenía vida, algo que Arturo nunca tuvo del todo, aunque ahora conserve ese remedo de vida que tiene para sí mismo , yo creo que es tan sólo un reflejo de la luz que ella le dejó y que el no supo conservar. En las tardes frías donde salir de casa era como traicionar la ceremonia del tabaco suelto, de los papelillos en la mesa junto a la botella de vino y de las discusiones elegantes que solíamos entablar los tres sobre temas un tanto inverosímiles, en una de esas tardes Arturo me miro a los ojos – es inútil que sigas creyendo que el sonido de un violín es mas sublime que el de un bandoneón- yo no supe que responderle pues en ese momento Cecilia había puesto a Vivaldi en el tocadiscos, le dije torpemente – depende de la melodía- y el sonrío, no era de esos tipos tercos que se devanan la cabeza luchando por una idea por el contrario, exponía su punto y si a los demás no les parecía, adquiría una sonrisa triunfal, como si nosotros nos estuviéramos perdiendo de algo que el sabía muy bien y que no quería compartir por el mero hecho del discernimiento. Una vez nos dijo que la tierra era un 3 y que 9 era tan solo la progresión de un infinito constante que nos convertía en seres imperecederos, pero que no lo notábamos, por la ilusión de la muerte que es como un 6, ese día Cecilia y yo reímos y cuestionamos su interés por la matemática holística, claro, en tono de burla, aún hoy me pregunto constantemente que nos quiso decir Arturo con eso, porque nuestra risa cohibió el resto de la conversación, el se limito a decir comentarios infantiles, sobre su concepción del tiempo y parecía no darles la más mínima importancia, cosas como – cuando era niño siempre me pareció que el recreo duraba todas las horas de mi estancia en el colegio y ahora creo que ese gran momento de recreo o descanso solo lo brindan las historietas de Mafalda- yo comenté ciertas cosas sobre la simplicidad de Garfield en el periódico del domingo, pero ambos sabíamos que cada recuerdo sobre su infancia de colegio tenia siempre una relación con el tres o con la progresión infinita de aquello a lo que se refería, ese día supe que el estaba un poco muerto, que era uno de esos seis, pero no se muy bien porque. Cuando Arturo y Cecilia hacían algo juntos, parecía una sola mano la que disponía de todos los objetos a su alrededor, como si él fuera el cuerpo y ella el corazón de cada uno de los movimientos de ese cuerpo, por eso con la muerte de Cecilia, Arturo cada vez parecía mas un seis, hasta que dejó de vérsele mas que por las sombras de la ventana de su casa.
Esa conversación que estoy tratando de referir y termina en ejemplos de otras conversaciones, no fue una de esas tardes grises y ceremoniales de tabaco, vino y tocadiscos, no por el contrario, caminábamos y el sol nos ardía en la piel, fuimos a conseguir nueces de la Patagonia, para Cecilia, él siempre fue un tipo complaciente y ella una mujer dispuesta a ser complacida, se preguntaran porque hacía calor si conseguíamos nueces de la Patagonia, muy simple, no las buscábamos en la Patagonia, si no en un mercado con características muy arabescas. Arturo pasó al lado de un hombre de barba muy larga que tenía un montón de frutos secos sobre su mesa, pero bueno lo importante de la conversación nunca fueron las nueces de la Patagonia. En realidad una de las cosas que mas me impacto de lo que dijo fue: Todo hombre mata lo que ama, el valiente con la espada, el cobarde con un beso- después supe que hablaba en la voz de Oscar Wilde, Arturo era un gran lector, he oído que hoy no lee, pero la gente tiende a hablar por hablar, en fin, Arturo no estaba seguro de la felicidad, pues desconfiaba de ella, y consideraba que esa maldita estaba robándole a Cecilia – es una mujer feliz sabes y sonríe incluso cuando llora- me dijo cuando terminamos de hacer negocio con el tipo de barba larga y llevaba las nueces en su mano. – Eso es bueno ¿no?- le contesté yo, siempre con mis respuestas torpes y con falta de ingenio que en el sobraba -No, la felicidad es supremamente improductiva ¿sabes?, no nos deja detenernos a pensar en nosotros- Yo siempre había considerado que el era un tipo de esos que uno suele llamar alegres o en el mejor de los casos felices y se lo recalque – Yo por lo general te veo feliz sabes- instantáneamente su respuesta me derrumbo – La sonrisa no es sinónimo de felicidad, ni siquiera la risa, en ocasiones descubrimos la tristeza mas grande en medio de una gran carcajada- Yo inútilmente reí, pero en realidad había infundado en mi una extraña sensación de tristeza, semanas después ocurrió la muerte de Cecilia y la autopsia declaro: Ausencia de tristeza y abuso de felicidad sin motivo. El resto de la conversación que tuvimos también puede ser irrelevante, como casi todo lo que concierne a los momentos felices que pase con ellos dos.
La habitación Intacta

El papel sobre la cama y las sabanas tendidas como ayer, como antier, como constantemente ha estado la habitación sin tu presencia, aún merodeas entre almohadas alborotando un poco mi cabeza, pero la habitación intacta, como el hielo que comenzó a instaurarse entre dos cuerpos humedecidos que optaron por congelarse.
No es algo que pasó en uno o dos días, por el contrario fue instantáneo después de parpadear la habitación estaba intacta pero tu presencia era hielo y se fue internando en mis huesos y el frío está a dos pasos de la tristeza, tiene sus mismos labios y su cara.
El papel sobre la cama y las sabanas tendidas como ayer, como antier, como constantemente ha estado la habitación sin tu presencia, aún merodeas entre almohadas alborotando un poco mi cabeza, pero la habitación intacta, como el hielo que comenzó a instaurarse entre dos cuerpos humedecidos que optaron por congelarse.
No es algo que pasó en uno o dos días, por el contrario fue instantáneo después de parpadear la habitación estaba intacta pero tu presencia era hielo y se fue internando en mis huesos y el frío está a dos pasos de la tristeza, tiene sus mismos labios y su cara.
A veces he llegado a creer que Arturo es como un dibujo descolorido, o más bien como ese bosquejo pintado a lápiz que después se borra y no queda del todo legible. Toda su cara es un algo pálido. Ella, Cecilia, por el contrario es un color elemental, como una… tengo una imagen en la cabeza, pero me he detenido a describirla y se me ha ido toda palabra del agotado lenguaje que conozco vagamente y sin virtuosidad suficiente para describir esa imagen celeste que ella produce.
En un principio, no voy a decir que no, lograba trasmitir el curioso tono de su alegría a la vetusta imagen gastada de Arturo. Siempre pude considerarlo una persona con eso que la gente llama agilidad mental. No estoy seguro para que pero para algo la tenía, tal vez para no morirse de tedio en su cansado cuerpo. Ella no dejaba de moverse. Digamos que yo era un invitado por formalidad, en la mayoría de los casos ni siquiera era su invitado.
Las circunstancias que nos unían eran ajenas a mi disimulado entusiasmo.
-Martín ¿verdad?- Fue lo que me dijo un día. –Ya nos conocemos de otra parte, está usted en esa revista…-
- Sí, escribo para una revista- Le contesté sin reponer exactamente en las características de la verdad, que para el caso distaba de serlo, no era mas que un devorador de páginas que tenía montones de artículos, ensayos y cuentos rechazados por revistas, editoriales y periódicos. Pero a la larga, si escribía y yo no era quien para pensar en las mil realidades posibles que inician desde un punto tan preciso, como haber conocido a Cecilia y Arturo sin conocerlos.
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