jueves, 29 de octubre de 2009



Mariposas muertas en las escaleras y las señales de nubes difusas, cataclismos muertos en las almohadas y noches de plumas sin palabras. Que triste huelen los sentimientos gastados en la caneca, la indiferencia y tus manos pálidas como un hueco y el fondo impreciso en ningún lugar del tiempo. Creería que no estoy dispuesto siempre a caer, casi me convenzo que tus manos ya no son ese incandescente abismo si no simplemente un hueco. Que negro sentimiento las ansías de nada, de saber que te quiero y un espacio en blanco te reemplaza.

No siempre es fácil creer que ya no importa, no siempre vale la pena saber que ya no existes, las dulces ilusiones se visten de días tristes mientras la tinta desvelada aún cree que te desviste.

Mira como se angustia el tiempo de rimar en verso de acudir sin motivo a la exhumación de nuestros restos. Como detesto descubrir que ya he muerto y en mi pálido reflejo sólo queda un eco. Un eco de lo que tu sonrisa no se alcanzo a llevar lejos.

Alguien me pregunto si podía sentarse, en esta misma banca del parque, le conteste que la banca era lo suficientemente grande. Fue por amabilidad aunque en este momento le agradezco que me saque de esos versos absurdos que acompañan mi cabeza. La situación me recordó exactamente un cuento de Borges que por ser fiel a la realidad, no me molesta tanto como otro tipo de literatura inventada solamente para las desgracias consecutivas de personajes nada reales pero tan posibles.

-¿Sabe lo que le digo a las personas que me dicen que no saben quienes son?-

-No, ¿que?-

-Que ser es algo no del todo claro y que se carga como un peso inservible, yo por ejemplo prefiero no ser nadie-

Me dijo que era un hombre muy sabio, imagino que su respuesta se debía a la condición de que el no sabía nada, ni donde estaba, ni porque estaba, ni quien era y cada vez que abría los ojos se encontraba en la cama de una habitación vacía. Las habitaciones vacías o llenas me parecen cárceles o cofres llenos de recuerdos, inevitablemente le digo lo que me parece. Y me contesta: -Quisiera tener tanta razón como usted y saber quien soy yo y como llegue hasta aquí-
No creo que yo sea un ser razonable además no tengo razones digamos que soy un ser sin razón de ser. Pero su actitud me parece un tanto inestable, le digo que: - A veces los hombres aunque parezcan saber lo que les pasa no es más que una postura para hacer creer que aún algo vale la pena –

Y me dice:

- Pero no soy más que un hombre que antes de perder la razón caminaba por las calles de la gran séptima avenida, viendo a las mismas personas, del mismo color, al lado del camino como Fito, y que un día llegó a estar encerrado en cuatro paredes totalmente blancas, alucinándome en diferentes situaciones siempre con la misma mujer.
No la conozco, pero siempre está en mis momentos de crisis, en mis sueños pero no en mi vida real-

Tiene recuerdos y por pesimista que pueda ser yo a veces los recuerdos son razones, aunque vivamos de cara contra el olvido. Tiene su avenida séptima y su camino y como yo recuerda a una mujer sin nombre. Creo que las razones que nos mantienen vivos a los hombres siempre son pocas y de labios muy finos.

Me cuesta trabajo creer que uno pueda perder la razón por una mujer que no conoce, claro que realmente no conozco a Cecilia ahora y no conocía a la mujer que solía decirle Cecilia días antes de su muerte.

Se me antojaba afortunada la situación de este tipo, no recordar lo que lo agobia y tener como dulce recuerdo eterno su calle larga recorrida incansablemente desde un lado del camino. La memoria es una condena difícil de soportar.

Le dije:

- A diferencia de usted yo si conozco a la mujer que busco, pero tengo casi la certeza de no poder encontrarla, ¿usted como sabe que sólo esta en sus sueños, si ni siquiera reconoce ciertos rasgos de su vida real?-

Su respuesta fue certera y no puedo negar que el desaliento confuso que expresaba su cara llego a preocuparme.

- De mi vida sólo sé que estoy solo
Y que un día cualquiera alguien me llevo a esa cárcel, y esa mujer me ha acompañado siempre
Si tan solo pudiera recordar quién es-

Trate de proponerle que a lo mejor no debería recordar quién era ella, si no conocerla, era probable que ella fuera como respuesta a su laberinto sin memoria, como una especie de llave que lo dejara salir y que para salir tenía que estar adentro de esa habitación vacía, si no, todo era como una pausa entre su realidad y el momento de abrir los ojos.

Eran claras las razones por las que no quería volver a despertar ahí.

-Pero si regreso... ¿que tal que no vuelva a lograr salir? ¿y si me encierran de nuevo? ¿y si no logro conocerla? o si la conozco como voy a interactuar con ella si solo quieren mantenerme dormido?-

Era la segunda vez que se me antojaba un tipo afortunado pues yo quisiera dormir mejor, no soy una persona que le quede tan fácil cerrar los ojos y dormir, por el contrario las noches se me atraviesan enteras hasta que llega el día y miro y no sé, hubiese preferido dormir, en mi caso es mas fácil acariciarla en sueños que despierto

Aunque era probable que no fuera a recordar lo que me preguntaba, era un tipo curioso.

- ¿Y quién es esa mujer que tanto ansía ver?
¿Acaso es su esposa?-

Le contesté fatalmente algo que ni yo me animaba a creer: - Ella es un eco, ya ni siquiera se si existió-

El tipo no contento con ser medianamente afortunado, quería buscar un sueño y además quería que yo le ayudara a encontrar esa mujer, de la que no estaba seguro de su paradero, es impresionante como los hombres nos arruinamos la vida encontrando cosas que nunca hemos buscado, o buscando algo que no queremos encontrar, fui claro con el
Y así se lo dije:

- Usted busca un sueño y yo un eco, no le parece una empresa demasiado difícil...
Podríamos terminar encontrando algo que nunca quisimos buscar-

El hombre por lo menos estaba consciente de su locura, lo que se me figuraba extraño era que iba a hacer cuando la encontrara, si era probable que no supiera para que la buscaba o como había llegado hasta ella. Me dijo algo que me pareció tan cierto, en la situación en la que él se encontraba: -¿Qué podría recuperar? Ni siquiera sé cómo me llamo-

Se me ocurrió la idea de que si estábamos en un sueño de él, esa mujer podía estar en cualquier parte de la calle, y cuando revisé con mi mirada las esquinas, pude o creí ver a Cecilia perdiéndose en la calle. Después de este momento, lo que sigue es algo indescriptible, todas mis sensaciones internas y todas las cosas de las que alguna vez estuve convencido, eran ya borrosas, por no decir que tormentosas, pues me produce gracia la expresión, tormentoso, ja ja, nada me podía asegurar que no estuviera desvariando. Le dije que lo más probable era que él estuviera en una de mis alucinaciones, que aunque no acostumbraba tenerlas, fue lo que se me antojo más fácil de creer, me pare de ese asiento y el resto ni yo estoy seguro de lo sigue…

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