jueves, 29 de octubre de 2009



A veces he llegado a creer que Arturo es como un dibujo descolorido, o más bien como ese bosquejo pintado a lápiz que después se borra y no queda del todo legible. Toda su cara es un algo pálido. Ella, Cecilia, por el contrario es un color elemental, como una… tengo una imagen en la cabeza, pero me he detenido a describirla y se me ha ido toda palabra del agotado lenguaje que conozco vagamente y sin virtuosidad suficiente para describir esa imagen celeste que ella produce.

En un principio, no voy a decir que no, lograba trasmitir el curioso tono de su alegría a la vetusta imagen gastada de Arturo. Siempre pude considerarlo una persona con eso que la gente llama agilidad mental. No estoy seguro para que pero para algo la tenía, tal vez para no morirse de tedio en su cansado cuerpo. Ella no dejaba de moverse. Digamos que yo era un invitado por formalidad, en la mayoría de los casos ni siquiera era su invitado.

Las circunstancias que nos unían eran ajenas a mi disimulado entusiasmo.

-Martín ¿verdad?- Fue lo que me dijo un día. –Ya nos conocemos de otra parte, está usted en esa revista…-

- Sí, escribo para una revista- Le contesté sin reponer exactamente en las características de la verdad, que para el caso distaba de serlo, no era mas que un devorador de páginas que tenía montones de artículos, ensayos y cuentos rechazados por revistas, editoriales y periódicos. Pero a la larga, si escribía y yo no era quien para pensar en las mil realidades posibles que inician desde un punto tan preciso, como haber conocido a Cecilia y Arturo sin conocerlos.

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