jueves, 29 de octubre de 2009



Las conversaciones son aburridas, fue lo que siempre pensó Arturo, sin embargo, su mujer pensaba que era un gran conversador, su mujer, que digo yo, Cecilia, digamos que yo fui alguien que converso con él, en alguna ocasión, dicen que ahora no conversa, y mi punto en esta historia es mínimo, es tratar de reconstruir de memoria, una conversación que tuve con el, días antes de la muerte de Cecilia, quien soy yo en sus vidas puede resultar irrelevante, es como algo que me dijo un día ella – Mira, Martin, Arturo simplemente adora sufrir, esa es su felicidad y vos solamente estas aquí para eso, para que su sufrimiento tenga donde enclaustrarse- siempre me causo curiosidad esa afirmación de Cecilia, pues ella era una mujer muy feliz y él parecía también ser un tipo con esas características de la gente que sufre poco. Las noches que pase con Arturo ahogados en botellas vacías fueron muchas, pero yo prefiero pensar que fue solo una gran conversación, una conversación larga, antes de su silencio eterno en vida. No olvido la noche que sentados frente a una chimenea en una casa de campo de la familia de Cecilia el me dijo – A veces creo que Cecilia me escucha, solamente porque no quiere escucharse a si misma- yo arroje un poco de Brandy al fuego y el fuego se avivo, se avivo de tal forma que parecía las palabras de Cecilia en cada una de sus conversaciones, Cecilia tenía vida, algo que Arturo nunca tuvo del todo, aunque ahora conserve ese remedo de vida que tiene para sí mismo , yo creo que es tan sólo un reflejo de la luz que ella le dejó y que el no supo conservar. En las tardes frías donde salir de casa era como traicionar la ceremonia del tabaco suelto, de los papelillos en la mesa junto a la botella de vino y de las discusiones elegantes que solíamos entablar los tres sobre temas un tanto inverosímiles, en una de esas tardes Arturo me miro a los ojos – es inútil que sigas creyendo que el sonido de un violín es mas sublime que el de un bandoneón- yo no supe que responderle pues en ese momento Cecilia había puesto a Vivaldi en el tocadiscos, le dije torpemente – depende de la melodía- y el sonrío, no era de esos tipos tercos que se devanan la cabeza luchando por una idea por el contrario, exponía su punto y si a los demás no les parecía, adquiría una sonrisa triunfal, como si nosotros nos estuviéramos perdiendo de algo que el sabía muy bien y que no quería compartir por el mero hecho del discernimiento. Una vez nos dijo que la tierra era un 3 y que 9 era tan solo la progresión de un infinito constante que nos convertía en seres imperecederos, pero que no lo notábamos, por la ilusión de la muerte que es como un 6, ese día Cecilia y yo reímos y cuestionamos su interés por la matemática holística, claro, en tono de burla, aún hoy me pregunto constantemente que nos quiso decir Arturo con eso, porque nuestra risa cohibió el resto de la conversación, el se limito a decir comentarios infantiles, sobre su concepción del tiempo y parecía no darles la más mínima importancia, cosas como – cuando era niño siempre me pareció que el recreo duraba todas las horas de mi estancia en el colegio y ahora creo que ese gran momento de recreo o descanso solo lo brindan las historietas de Mafalda- yo comenté ciertas cosas sobre la simplicidad de Garfield en el periódico del domingo, pero ambos sabíamos que cada recuerdo sobre su infancia de colegio tenia siempre una relación con el tres o con la progresión infinita de aquello a lo que se refería, ese día supe que el estaba un poco muerto, que era uno de esos seis, pero no se muy bien porque. Cuando Arturo y Cecilia hacían algo juntos, parecía una sola mano la que disponía de todos los objetos a su alrededor, como si él fuera el cuerpo y ella el corazón de cada uno de los movimientos de ese cuerpo, por eso con la muerte de Cecilia, Arturo cada vez parecía mas un seis, hasta que dejó de vérsele mas que por las sombras de la ventana de su casa.
Esa conversación que estoy tratando de referir y termina en ejemplos de otras conversaciones, no fue una de esas tardes grises y ceremoniales de tabaco, vino y tocadiscos, no por el contrario, caminábamos y el sol nos ardía en la piel, fuimos a conseguir nueces de la Patagonia, para Cecilia, él siempre fue un tipo complaciente y ella una mujer dispuesta a ser complacida, se preguntaran porque hacía calor si conseguíamos nueces de la Patagonia, muy simple, no las buscábamos en la Patagonia, si no en un mercado con características muy arabescas. Arturo pasó al lado de un hombre de barba muy larga que tenía un montón de frutos secos sobre su mesa, pero bueno lo importante de la conversación nunca fueron las nueces de la Patagonia. En realidad una de las cosas que mas me impacto de lo que dijo fue: Todo hombre mata lo que ama, el valiente con la espada, el cobarde con un beso- después supe que hablaba en la voz de Oscar Wilde, Arturo era un gran lector, he oído que hoy no lee, pero la gente tiende a hablar por hablar, en fin, Arturo no estaba seguro de la felicidad, pues desconfiaba de ella, y consideraba que esa maldita estaba robándole a Cecilia – es una mujer feliz sabes y sonríe incluso cuando llora- me dijo cuando terminamos de hacer negocio con el tipo de barba larga y llevaba las nueces en su mano. – Eso es bueno ¿no?- le contesté yo, siempre con mis respuestas torpes y con falta de ingenio que en el sobraba -No, la felicidad es supremamente improductiva ¿sabes?, no nos deja detenernos a pensar en nosotros- Yo siempre había considerado que el era un tipo de esos que uno suele llamar alegres o en el mejor de los casos felices y se lo recalque – Yo por lo general te veo feliz sabes- instantáneamente su respuesta me derrumbo – La sonrisa no es sinónimo de felicidad, ni siquiera la risa, en ocasiones descubrimos la tristeza mas grande en medio de una gran carcajada- Yo inútilmente reí, pero en realidad había infundado en mi una extraña sensación de tristeza, semanas después ocurrió la muerte de Cecilia y la autopsia declaro: Ausencia de tristeza y abuso de felicidad sin motivo. El resto de la conversación que tuvimos también puede ser irrelevante, como casi todo lo que concierne a los momentos felices que pase con ellos dos.

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